Y de repente, todo se detuvo, el joven
soldado pudo ver como las explosiones provocadas por la artillería
se congelaban dando lugar a grotescas y abominables nubes en forma de
hongo compuestas por barro, escombros y restos humanos, pudo ver las
muecas de horror grabadas en las caras de sus compañeros al recibir
un impacto de bala, pudo ver en la trinchera que tenía delante de
él, los rostros de los enemigos contra los que luchaba, el joven
soldado no recordaba ni quiénes eran, ni de dónde venían, ni en
nombre de quién luchaban, pero no le importaba nada, ya no, porque
él tampoco recordaba ya por quién y por qué luchaba y eso le
importaba aún menos. Poco a poco volvió a transcurrir el tiempo,
pero muchísimo más despacio, el joven soldado sintió como el frío
sudor se deslizaba lentamente sobre su frente, vio como los hongos se
deshacían, lanzando metralla contra las caras de sus compañeros
heridos dejándolos horriblemente desfigurados de por vida, eso si
tenían la desgracia de continuar vivos, el joven soldado perdió la
fuerza en los brazos por lo que dejó caer su arma, acto seguido le
continuaron sus piernas, por lo que acabó arrodillado en el
mugriento suelo, con una enorme dificultad se llevó las manos al
tórax y éstas al instante se tiñeron de sangre, el soldado cayó
por completo, yaciendo con la cara sumergida en una mezcla de barro,
sangre y lágrimas, no sentía dolor por sus heridas, no sentía pena
por no volver nunca más a sus seres queridos, lo único que sentía
era vergüenza, vergüenza por haberse dejado convencer para luchar y
morir por un interés y una causa que no entendía, sentía vergüenza
por haberse dejado llenar la cabeza de estúpida y manipuladora
publicidad fabricada para odiar a una gente que ni conocía ni le
había hecho nada, y eso fue lo último que sintió, vergüenza,
cuando su cuerpo, sucio, roto, tirado y olvidado en el barro de la
tierra de nadie, se apagó por completo.
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