lunes, 17 de junio de 2013

Camino, observo, pienso.

 Voy andando solo con la calle, escuchando música, la misma música que me ayuda a ignorar y a darme cuenta de lo que sucede a mi alrededor. Veo a gente que cambia más de personalidad que David Bowie de vestuario y me pregunto qué serán mañana, veo a grupos de amigas que hablan más con sus teléfonos que entre ellas, y me pregunto para qué habrán salido de casa, veo a mendigo pidiendo limosnas que nunca recibirán y me pregunto qué es lo que les da la esperanza de creer que recibirán algo, veo artistas callejeros fracasados y me pregunto en qué fallaron para acabar así, veo a supuestos comunistas que no saben quien fue Trotsky y a supuestos neonazis que no saben quien fue Goebbels y me pregunto quién les indujo a acabar defendiendo unas ideas que ni conocen ni comprenden, veo a gente llorando y me pregunto cuál será la causa de sus lágrimas aunque tampoco me importe y más de lo mismo con la gente que ríe a carcajadas, veo a canis y otras especies contraproducentes de nuestra sociedad y me pregunto si alguien siguen teniendo esperanza de que sean alguien de provecho algún día, pero todas estas preguntas se pueden resumir en dos:
¿De dónde vienen? y ¿A dónde van?
Yo pienso que la juventud ya no va a ninguna parte, cada vez hay más grupo, pero al mismo tiempo menos personas, menos individuos, menos pensamientos propios. Pasan de ser hombres a ser ovejas guiadas por un pastor al que ni conocen ni comprenden y mucho menos sin saber a donde les lleva.

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