Y de repente, todo se detuvo. El joven pudo ver como las explosiones provocadas por la artillería se congelaban en el aire, dando lugar a grotescos hongos compuestos por una macabra combinación de barro, escombros y vísceras, de lo que un día parecieron seres humanos. Pudo ver la mueca de horror grabada en las caras de sus hermanos de sangre, al recibir un impacto de bala.
Pudo ver la trinchera que tenía frente a él, marcada por los rostros de sus enemigos. El joven no recordaba quiénes era, de dónde venía, ni por qué y por quién luchaban. Eso no importa. Ya daba igual. él tampoco recordaba el motivo por el que se encontraba allí.
Poco a poco, volvió a transcurrir el tiempo, gotas de sudor frío descendían lentamente por su frente. Los hongos se deshacían escupiendo metralla contra las caras de todos los pobres desgraciados que se encontraban cerca, dejándolos horriblemente desfigurados de por vida, eso si tenían la desgracia de continuar vivos.
El joven perdió la fuerza de sus brazos, dejó caer su arma. Las piernas también fallaron y el joven acabó arrodillado sobre el mugriento suelo. Con enorme dificultad, se llevó las manos al tórax, y éstas, al instante, se tiñeron de sangre. Cayó por completo, yaciendo con la cara sumergida en una mezcla de barro sangre y lágrimas.
No sentía dolor por sus heridas, no sentía pena por no volver a a ver a sus seres queridos. Lo único que sentía, era vergüenza.
Vergüenza por haberse dejado convencer para luchar y morir por un interés y una causa que no entendía. Vergüenza por haberse dejado llenar la cabeza por estúpida y manipuladora publicidad fabricada con la intención de generar odio hacia gente que ni conocía ni le había hecho nada. Vergüenza por haberse dejado embelesar por orquestas, vítores, banderas, flores y perfumes en aquella falsa y forzada atmósfera de patriotismo.
Ahora las orquestas eran una sinfonía de artillería.
Los vítores, gritos de agonía.
Las banderas, mortaja ensangrentada.
Las flores, ceniza.
Los perfumes, hedor de muerte y podredumbre.
Tendido en el suelo, podía oír el rugido de los fusiles y las ametralladoras.
Estúpidos valientes extasiados de odio ciego. Con tantos héroes ciegos, la guerra se hace vieja y sus víctimas jóvenes. Con tantos héroes ciegos, se vacían los hogares y se llenan las tumbas.
¿Cuándo comprenderán estos héroes que solo serán protagonistas de su propio epitafio?
Vergüenza, asco e incluso un poco de lástima, es lo que sintió el joven soldado cuando su cuerpo sucio, roto, tirado y olvidado, se apagó por completo, en el barro de la tierra de nadie.
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