jueves, 8 de agosto de 2013

Relato de una muerte 3.

Quedé con ella a la salida de su colegio y allí le confesé, con los ojos bañados en lágrimas, lo que sentía por ella. Ella me dijo que sentía lo mismo y así comenzó lo que para mí sería el principio del fin.
Mentiría si negara que los días que continuaron a aquel fueron los más felices de mi vida.
Pero ahí acabó todo.
Sus padres se enteraron de nuestra relación y lo que es peor aún, de la diferencia de edad. Inmediatamente ellos avisaron a la policía. Ella intentó contar la verdad, pero no la creyeron. Pasé una semana retenido antes de ir a juicio. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de salir bien de esta, tanto mi familia como mis amigos me habían repudiado por algo que no había hecho. 
Culpable.
Me esperaban años en prisión, sabía que no podría aguantarlo y aunque lo hiciera aquello me arruinaría para siempre. Pero no podía discutir, todo ya estaba decidido. Yo estaba perdido.
Pedí permiso para ir al baño. Ese fue el último capricho que me concedieron.
Y allí estaba, temblando sudoroso y asustado frente al espejo de aquel baño, viviendo lo que serían mis últimos minutos sin vigilancia.
Me fijé en una tubería del techo y me di cuenta de que ya iba a perder la vida de una forma u otra ¿qué más daba acelerar los acontecimientos un puñado de años?
Nervioso me quité el cinturón me puse de pie sobre un retrete y até un extremo a la tubería y el otro a mi cuello. Y pensé "aún soy joven y me quedan muchos años" volví a pensar "una juventud que pasarás encerrado y cuando salgas, no te quedará nada, ni unos padres a los que abrazar ni unos amigos con los que hablar, ya no te queda nada" ya basta de pensar.
Y quité los pies del inodoro, para dejarlos suspendidos en el aire, ese mismo aire que salía de mis pulmones para nunca más volver.

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